Con apuros y temor viven los bogotanos

Según un estudio psicológico, la población, ante la falta de recursos y la impotencia, se rinde ante sus propios problemas

Foto: Colprensa

Los habitantes de la ciudad de Bogotá viven cada día inmersos en una competencia rutinaria y diaria que marcan de una modalidad distinta: la prisa y el miedo. Esto definirá su forma de vida.

En una ciudad, cuya población supera la oferta que recurren los bienes y servicios, la escasez genera una competencia feroz que, bajo su última instancia, moldea el comportamiento de sus habitantes.

Este patrón, muy distinto al que se caracterizaba el ambiente bogotano hace unos 50 años por cuestiones de guerra política, definían una conducta específica, exacerbada todavía por el espacio limitado que la geografía indica que ofrece a sus ocho millones de habitantes.

Los recursos financieros que buscan, así como las respuestas a las necesidades básicas o soluciones que buscan sacar provecho a sus problemas, se encuentran a veces lejos, otros los solucionan. Ante la imposibilidad de alcanzar realmente estos objetivos, han surgido luchas diarias que generan, entre otros efectos: violencia, agresión, desprecio por las normas, prisa, miedo y aburrimiento, que terminan alterando las relaciones con el Distrito y los habitantes de la ciudad.

Teóricamente, muchos expertos definieron que comprender o definir evidentemente su comportamiento, emerge un punto importante, donde a veces la palabra ‘Bogotá’ ya no es apropiado, sino que ciudadanos afirman que la capital ahora está conformada por una confederación de minorías sin que se asegure lo que va a pasar con el gobierno entrante.

Foto: Guillermo Torres Reina/Revista SEMANA

Por qué en la claridad y en la oscuridad somos así
Los habitantes de Bogotá, tanto los nativos como los integrados a esta unidad social y geográfica que conforma el área metropolitana son descritos con adjetivos innumerables.

Puede ser que sean incultos, serviciales, amargados, irrespetuosos, desorganizados, animados, agresivos, y muchos otros términos son usados por la gente en la calle al ser preguntados sobre cómo los describen. Y además, con solo consumir estupefacientes, ya uno está perdido, completamente.

Esta sobrepoblación está provocando que los bogotanos sean más competitivos, ignoren las normas básicas de cortesía y, como consecuencia, genera todo tipo de violencia, prisa y desorden en el entorno físico.

Ante estos sentidos, la competencia por recursos limitados está afectando el comportamiento de los capitalinos. Hay más autos, colas totalmente largas, más personas rezagadas, más delincuencia, más ansiedad, más colados en el sistema TransMilenio y más falta de respeto entre los ciudadanos, quienes están a larga distancia de las conexiones e interacciones sociales que disfrutaban al vivir en sus hogares. Ahora, la inseguridad también existe bajo la modalidad virtual gracias a las extorsiones y estafas por correos y llamadas telefónicas, como las que NOTICIAS EDL pudo confirmar este martes con base a un compañero director de un medio de comunicación deportivo.

En su explicación sobre la socialización, jamás hay que olvidar del cómo ha cambiado la forma en que había interacción con el habitante promedio de Bogotá. Por esa razón, durante los recorridos, siempre estaba el tráfico loco. Ya no hay niños jugando en la calle, porque ahora es realmente peligrosa. Los parques y jardines están dentro de los edificios de apartamentos; ahora los jóvenes estudiantes tiran botellas y objetos desde los pisos superiores, bancos y comercios cuando protestan o pelean por cualquier motivo, entre otros. Este sentimiento de anonimato, además, fomenta la delincuencia y la falta de respeto, porque es difícil encontrar y castigar a los delincuentes, como nos pasó el pasado 1 de abril.

Lo decepcionante de todo esto, es que ya es común escuchar a través de llamadas telefónicas para extorsionar a la víctima diciendo: ‘Sé dónde vives y quiénes son tus padres’. Lástima.